La Vida en los Llanos

El Hombre en los Llanos y sus Costumbres


Para comprender cómo estaba organizada la vida tradicional de Los Llanos, organización que persiste en parte en la actualidad, hay que tener una idea clara de los motivos que permitieron la formación de esta cultura. Las comunicaciones no eran fáciles y, donde lo eran, sólo podían utilizarse en la estación seca. La densidad de población no llegaba ni a dos habitantes por km2. Todo lo que allí se producía sólo era comerciable en una parte muy reducida. Ninguna organización propiciaba el posible intercambio.

La segunda mitad del siglo XX es la época en la que se inicia la transformación de la ganadería extensiva de la Pampa argentina o de la pradera norteamericana. Pero aquellas iniciativas no se implantaron en el trópico venezolano, en el que la hostilidad del medio impedía la introducción del ganado selecto, de rendimiento alto, que provenía de la templada Europa.


Ganado Criollo Llanero


Y en Los Llanos, lo único que había era ganado, pero un ganado rústico, aclimatado de forma espontánea, cimarrón en gran parte, hijo del ganado introducido en los siglos de la colonia. Su rendimiento tampoco era grande: la carne solo podía consumirse regionalmente, con poco beneficio y en cantidades mínimas, o se la podía secar, convirtiéndola en tasajo: sólo las pieles eran susceptibles de comercio y de ellas existía una cierta demanda. La carne que podían comer se asaba a la brasa —el churrasco—, alguna se podía reservar para la siguiente jornada y el resto se abandonaba. La elaboración de tasajo solo tuvo una cierta importancia en el estado de Anzoategui, de donde salía al puerto de Barcelona, porque en las Antillas existió siempre demanda de este producto, que se vendía a bajo precio.

Si en Los Llanos, o en zonas próximas, hubiera habido ciudades, habría existido también un mercado al que acudir periódicamente con el ganado. Pero no ocurría tal cosa. Durante siglos, solo pudo comerciarse con los cueros, y el cuero no mejora con la calidad del ganado. Podía seguirse con el rústico de la época colonial.

El ganado se acomodó bastante bien en casi toda América y se multiplicó sin dificultad. Además de animales vacunos, los caballos, mulos y asnos eran la base fundamental de transporte terrestre y, particularmente los caballos, la herramienta insustituible para el manejo del ganado. El llanero, como el gaucho o el cowboy, son "hombres-caballo".

La mayoría de los propietarios de los hatos llaneros eran, normalmente, absentistas que vivían en las ciudades de la cordillera. A cargo del hato podía haber un capataz y unos peones, viviendo en precarios ranchos, autoabasteciéndose con lo que obtenían de las parcelas o huertas que se les permitía labrar. Ejercían un leve manejo del ganado, más que nada orientado a mantenerlo dentro de la propiedad y defenderlo del abigeo o cuatrerismo. Los Llanos eran un mundo sin cercas, cuyos únicos límites o vallas quedaban determinados por las corrientes de agua, y el abigeo era una práctica habitual.

Al llegar la temporada de lluvias, el ganado se refugiaba, espontáneamente, concentrándose en aquellos lugares que, según su instinto, no se anegarían. Y, durante ese periodo, poco era lo que podían hacer capataz y peones.

El descenso de las aguas marcaba otro momento. Durante unos meses el pasto abundaba y el ganado se distribuía a sus anchas por la llanura. Era entonces cuando comenzaban las tareas de recorrer el hato y hacer el recuento del ganado, según su edad y según sus categorías; porque existía ganado marcado, el alzado y el cimarrón. El marcado, ya tenía propietarios, el alzado era el ganado joven que aún no había sido marcado, y el cimarrón el que, habiendo escapado desde años al control, se había asilvestrado. Era, también, el momento de hacer el marcaje, para lo que había que arrear las diferentes puntas del ganado a los lugares adecuados.

Era el momento de comercializar en vivo el ganado gordo o sacrificarlo para cuero y tasajo. Hacerlo en vivo suponía unos largos recorridos, con notables pérdidas de unidades y de kilos de peso, para llegar a unos mercados poco rentables.

En la época dura de la sequía, lo mismo que si la inundación era fuerte, podía morir bastante ganado, pero era un riesgo natural con el que se contaba de antemano. Con el pasto seco, se ponía en marcha una práctica ancestral, que aún hoy se sigue practicando: se le prendía fuego.


Quema de sabana en los llanos


Siempre se pensó que reportaba más beneficios que perjuicios. Hoy los científicos cuestionan sus ventajas. Pero no es este el lugar de profundizar en la polémica. Sí, en cambio, hay que poner de relieve que la actual extensión y fisonomía de los herbazales llaneros son, también a juicio de los científicos, el resultado de los incendios sistemáticos. El fuego en el herbazal es rápido y violento, no se mantiene mucho tiempo en un lugar. La planta leñosa aislada que coge a su paso la abrasa, salvo aquellas que, como la palmera moriche, resisten el fuego, porque sólo ofrecen como pasto de rápida combustión la masa filamentosa que recubre sus troncos. Cuando el fuego llega al borde del bosque, quema y mata la franja próxima al herbazal, con lo que la superficie arbolada ha ido perdiendo terreno a lo largo del tiempo.

El fuego también ha cambiado la composición de las plantas que forman la sabana llanera, porque no todas sobreviven a sus efectos. Sólo lo hacen las llamadas pirófilas, que son aquellas cuyos rizomas o semillas no se inutilizan con la combustión, los rizomas, por estar enterrados y las semillas, por poseer la suficiente protección. La alta temperatura que acompaña al fuego facilita en algún caso la posterior germinación de las semillas de cierta gramínea.

Los morichales debieron de ser originalmente una formación arbórea y los fuegos sistemáticos la llevaron a la situación y fisonomía actuales.

Volviendo a la vida llanera de los hatos, poco era el trabajo, e intenso sólo en algunos momentos del año. Pero la vida del peón era muy dura. Eran gentes que no poseían más que su caballo, o a veces ni eso, y su chinchorro, con el derecho a colgarlo en algún cobertizo o estancia del rancho; fríjoles como dieta casi exclusiva, enriquecida a veces con productos de la pesca o la caza; quizás algo de leche o de queso y, sólo si había habido venta de carne, algo de carne habría quedado.

Pero, con el caballo no se llega en Los Llanos a todos los sitios, porque vadear muchos de los ríos es imposible. Al mismo tiempo, las múltiples corrientes de agua no dejaban de ser una magnífica vía de comunicación. El nativo precolonial ya poseía una embarcación lo suficientemente eficaz, como para que el paso del tiempo no la haya desbancado y siga siendo el vehículo más difundido en la red del Orinoco: la curiara.

Se trata de la clásica canoa construida vaciando el tronco de un árbol y aguzando sus extremos. La única modificación sustancial que ha sufrido es que se le ha truncado la popa para acoplar en ella un motor fuera-borda; pero nada más. Con ella se llega mucho más allá que con el caballo y durante el aniego, casi no hay otra posibilidad de transporte.

Este Llano primitivo, que nos parece pobre, fue una pieza importante en la lucha independentista. Y lo fue, precisamente, por su riqueza ganadera y la capacidad bélica de los llaneros. José Antonio Páez Herrera, prócer venezolano de la independencia, fue el general de los llaneros y Los Llanos surtieron de caballos a todos los ejércitos que apoyaron a Bolívar.

Aunque Los Llanos genuinos son los ganaderos, ello no quiere decir que no hubiera alguna práctica agrícola, sobre todo en determinadas partes, como en Los Llanos Altos y en las zonas costeras de la depresión del río Unare, en la cuenca hidrográfica de la parte central de Venezuela y que recorre parte de los Estados Anzoátegui y Guárico.

El sopié de los Andes, en los Estados de Barinas y Portuguesa o el de la cordillera del Caribe, en los Estados de Cojedes y Guárico, siempre tuvieron y tienen actividad agrícola importante, además de explotar la riqueza forestal. En el resto de Los Llanos sólo hubo agricultura de subsistencia.


Adaptado de "El Orinoco y Los Llanos" de José Manuel Rubio Recio.

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