ESCRITORES Y POETAS LLANEROS

Umberto Amaya Luzardo


Umberto Amaya Luzardo descubrió sus habilidades para escribir, cuando decidió hacerlo en una carta para el Bienestar Familiar de su región, en la cual agradecía a la entidad el alimento (Bienestarina) que le entregaba para sus hijos. Estas primeras letras, fueron las primeras líneas de su cuento "Morena soy, porque el sol me miró", donde narra la vida cruel y al mismo tiempo activa de las indígenas de la región de la orinoquia y que ahora es un documento antropológico en Alemania y en México.

Umberto mismo relata que, "No me fui para la selva del Guainía por frustración sexual, ni por amasar fortuna. Allá llegué, porque el día que obtuve la cédula me pregunté si me quería poner saco y corbata, tomar cuatro buses diarios y pagar un apartamento durante 20 años o cambiar todo eso por una vida sencilla. Me convertí en hippy y mochilero y así llegué a Bogotá y luego al Guainía; viajé por Suramérica y Europa, pero no conociendo hoteles, sino durmiendo en andenes, escuelas y en construcciones deshabitadas. Cuando llegué por primera vez al Guainía, boté la hamaca y el toldillo, me quité la ropa y viví 15 días en pelota."

Amaya Luzardo ha escrito tres libros: "Musa paradisiaca" (Recopilación de crónicas), "Los párpados de la mañana" (Poesías) y "Bajo el techo de paja" (Cuentos exóticos y rústicos).

Entre otros, se conocen también, los siguientes escritos: Pancho Cuevas, Una mina de historias, Carmen Luzardo, El hijo de Lina Luzardo, Encaramado en las nubes, Untémonos de Colombia (Así es el Pacífico), La Vida gana y Cosa de poca importancia.

Cosa de poca importancia

Umberto Amaya Luzardo

Umberto Amaya Luzardo

FRAGMENTO

Hace poco leí que si uno quiere ser héroe, tiene que ponerse los pantaloncillos por encima de los pantalones como lo hace Batman o Supermán y me vino a la memoria la vez que me conseguí una novia tierna, como una flor sin espinas y cuando estábamos bien enamorados se dio cuenta que yo no usaba pantaloncillos; entonces se apresuró a decirme: "Sin pantaloncillos, no". "¿Qué tal que lo coja un carro y lo lleven grave al hospital y cuando le bajen los pantalones, se den cuenta que usted no usa calzoncillos? ¡No, no, qué pena!" Cerró la puerta y no me dio ni el beso de despedida.

Al otro día, fui a visitarla y de regalo me tenía dos pantaloncillos, que de lo puro saraviados, yo no sabía si eran de las Farc o del gobierno; y eran tantas las ganas de coronar, que sin decir nada, me los puse; y a pesar de estar hechos de un material sintético y anti-traspirante, me fui acostumbrando a ellos; acostumbrando, pero no del todo, porque a veces, cuando voy por la calle que sopla la brisa y siento el frío en las taparas, me digo: "Mierda, se me olvidó ponerme los pantaloncillos; ¡Qué pena!, ¿Qué tal que me coja un carro y me lleven grave p´al hospital?"

A muchos amigos les ocurre lo mismo: unas veces con la afeitada, que van por la calle, se pasan la mano por la cara diciéndose para sus adentros: "Con el afán que tenía, hoy no me afeité". Otros, se huelen el sobaco a todo momento pensado: "Coño, se me olvidó echarme desodorante". Y llega a tanto la mariconería, que no falta el que te diga: "¡Ay amigo, huéleme, que yo como que no me eché perfume esta mañana!"...

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